El Limbo

Por Michael Sixtolimbo

Que tenga paciencia, me dicen, que tenga paciencia. Llevo tres días esperando sin tener idea de cuánto más será pero debo tener paciencia, mucha paciencia. Me llamo Ernesto, tengo veinte tres años y hace como setenta y dos horas que estoy muerto. Fue algo estúpido en realidad, mi muerte digo, no es que todas las muertes no lo sean, pero, cuando llega de sorpresa uno espera que sea algo para contar a lo grande. Ya saben un cáncer inesperado, o un tumor, o un terrible accidente de esos que salen en las películas. No, en mi caso, nada de eso. Yo, por ser yo claro, y como todo en mi vida, tuve la muerte más aburrida e insignificante de todas. En un chequeo de rutina en el medico una enfermera se equivocó de paciente y me administró una dosis demasiado alta de una droga que era originalmente para un anciano de setenta años. La medicina me causó una reacción jamás antes vista (según dijeron los especialistas) y así, solo así, me morí. Fue un miércoles, como a eso de las 3 de la tarde. Hoy es sábado y todavía sigo en el puto limbo porque ellos no saben qué hacer conmigo.

¿Y yo qué culpa tengo de su incompetencia?

Desde aquí les puedo escuchar debatiéndose entre si me mandan para el cuarto azul o el rojo o si necesitan hacerme un juicio para determinar con exactitud. Esto es tremenda mierda y yo que pensaba que los problemas se acababan cuando uno se moría; ¡ahora es peor! Si me tienen que hacer juicio tendría que seguir esperando, hasta el lunes por lo menos porque el fin de semana no trabajan. ¿Cómo es posible que con tantos siglos de gente muriendo un caso como el mío no lo hayan visto antes? Eso es seguro que estos come mierda son nuevos y no tienen ni puta idea qué hacer. Y mientras tanto el que sigue jodio aquí en estas cuatro paredes blancas soy yo. Finalmente una muchacha se acerca. “Mira Ernesto disculpa por la espera pero es que el que está encargado de revisar tu expediente lleva tiempo fuera y no hay nada que podamos hacer hasta que regrese… lo siento” Y en su cara pude ver que me estaba diciendo la verdad y la tristeza que notaba en su mirada era genuina. “…Te podemos regresar si quieres mientras tanto” Sí, no entendieron mal, eso fue exactamente lo que dijo. Regresarme significaba técnicamente darme vida otra vez hasta que resolvieran que iban a hacer conmigo. “lo puedes tomar como unas vacaciones o un chance de despedirte de las personas que quieres. No sé, de hacer eso que siempre quisiste y no tuviste tiempo… ya sabes, vivir el hoy como si fuera el último. Claro que en tu caso, sí que va a ser literalmente el último.  Entonces, sin  miedo y mirándola a los mismos ojos tristes de antes le dije sin vacilar: “No, no te preocupes, yo espero el tiempo que sea necesario” Un segundo después y para mi asombro un hombrecillo escuálido y diminuto entró corriendo al blanquísimo cuarto y desde la distancia gritaba: “¡No lo dejes ir, no lo dejes ir! ¡Ya sabemos… va para el cuarto rojo! ”

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