Text message

By Michael Sixto

I got the text message while she was still asleep. Laying laying-down-nude-Hillary Racodown in bed, she reminded me of a painting I saw many years ago in a dark gallery of New York. I remembered I hate that city; I can’t explain why, but I do. I tried not to wake her up minimizing the usual everyday morning noises, but she did anyways. You just got a text- she said- and turned around avoiding eye contact. I couldn’t wait any longer, so I went to grab the phone knowing exactly what I was going to find in the text. I slid my finger to unlock the phone. The message was clear: “kill her, kill her now!”

I took a deep breath and pulled out the gun from my pocket. I shot her once, just once and she had no time to feel a thing. On my way to the elevator I recalled the reason of my hatred to New York.

Tedio cotidiano

Por Michael Sixto

Hoy en la mañana Ancianoun anciano me saludó en el parque como si me conociera de toda una vida; no tengo idea quien es, igual le respondí el saludo sin pensarlo dos veces. Dicen que los viejos son como los niños cuando ya están muy viejos. Regresan a los inicios y de su cuerpo endeble se les escapa la maldad, quizás porque, justo como cuando eran niños, ya no tienen nada que perder.

Hoy me han sucedido cosas extrañas, cosas locas que merecen ser contadas. En un mundo de tantas y tantas repeticiones, sucesos fuera de lo común que rompan con el tedio cotidiano siempre son bienvenidos.

Antes de toparme con el anciano en el parque, un adolecente asiático intentó asaltarme con una pistola de plástico. Ante mi obvia resistencia e indignación, echó a correr renegando en una lengua que presentí chino; bueno, que sé yo, muy bien podía haber sido coreano. Por ahí comenzó el día.

Tres cuadras más adelante una rubia altísima me ofreció mostrarme los senos a cambio de una cerveza. Confieso que por un instante lo pensé; tenía unos pechos estupendos, pero ya andaba tarde por la cuestión del chinito, o coreano, o lo que sea. Con más razón maldije al hijo de puta chiquillo.

En el restaurant donde cada día paro a comprarme una tostada y una taza de café, había una ambulancia y varias patrullas de policía en frente porque a un desamparado le había dado un infarto. “No se lo llevaron porque ya estaba muerto” – me dijo una señora en bata de casa aun, parada a unos metros de la puerta.

Entonces fue que decidí ir caminando al trabajo para conseguir algo de comer en el kiosco que está al final del parque. Ahí fue donde el anciano me saludó al pasar. Cuando llegué al trabajo, tarde por supuesto, me senté en mi escritorio a repasar aquella hora y media de locura. Los rostros del asiático, la rubia, el desamparado muerto y el anciano se mesclaban de manera confusa como si intentaran fusionarse en uno solo.

El resto del día transcurrió bien despacio en la oficina y sin más insólitos sucesos, pero al llegar a casa, justo a la puerta del edificio, tres rostros muy familiares me recibieron con una gran sonrisa. Hoy me han sucedido cosas extrañas- pensé una vez más y les invite a pasar.