Drinking coffee zombies, or the friendly ghost that saved me from them

By Michael Sixto

I am always talking to a ghost, or a shadow; or a sort of presencconversatione… everywhere I go. Most people think I am crazy; in any case, the definition of craziness is so broad, also, extremely overrated. I don’t care what they think or say about me, they are the crazy ones! My ghost is warm and gentle and full of energy that flows over the heads of the drinking coffee zombies of the afternoon. What is an afternoon without a friendly ghost? I asked myself. Many years ago I walked another frozen lands and I met another zombies. Many years ago I read a book, sang a song, and escaped the unescapable. There was no her by my side. I had no ghost or shadow or that sort of presence. Many years ago I was that ghost and most zombies knew, but refused to admit it. In silence they continued to drink their coffees in the never altered shop. That is always the case; the story repeats itself throughout eternity and if they tell you something else, they are lying. There is no such a thing as originality or brand new. We all borrow from others what we truly think is ours. We have ideas that passed thru the heads of many years before we were born. This is not us, or them, or genuine or unique! All of these words came from another place, from another time and are as universal as the lies the zombies tell trying to convince you otherwise.

I am always talking to a ghost, to a shadow; to a sort of presence… everywhere I go.

 

Página en blanco

Por Michael Sixto

Todo comienza de cero, eBatman+coffee+shopn la inmovilidad y el silencio. Todo comienza de cero. Con una página en blanco todo comienza.

Me preguntas que cual es mi historia y sonrío como ganando tiempo. No sé qué contestar y me encojo de hombros. ¿Cuál es mi historia? Qué clase de pregunta es esa- pienso detenido ante tu mirada acosadora y salgo caminando- Yo no tengo historia. No te contentas con la respuesta y me dices que soy un tipo raro. La calle apesta a pescado y frutas podridas. Comienza a llover.

Me persigues calle abajo sin hablar esta vez. A la distancia de unos pasos te mantienes detrás de mí intentando predecir mi próximo giro. Llegamos a un Café. Sentada a la mesa sin que te haya invitado,  me miras fijamente a los ojos. La camarera vieja y regordeta nos entrega unos gastados menús y  pregunta que deseamos tomar. Café negro para mí, nada para ella- le contesto sin vacilar.

“Gracias señora, yo ya me iba”

Te levantas de un tirón y un segundo después te pierdes entre la gente que ya se van constriñendo unos a otros en la calle mojada. El vaho a pescado y futras podridas se va disipando a medida que la puerta se va cerrando detrás de ti. Y ese es mi comienzo, mi cero, mi página en blanco; el silencio que queda cuando te has marchado, la inmovilidad de ese minuto larguísimo en el que ya no tengo que pensar.