Obituario

Mi abuelo le tenía miedo a la muerte… mucho miedo. Las pocas veces que hablamos de eso (prefería conversar de cosas y gentes vivas) me lo hizo entenDSC_6473der de la única manera que sabía: “¡muchacho no hables de eso!” y yo me reía de verle el susto que se le salía por los ojos desorbitados. Mi abuelo era la persona más bue
na que jamás he conocido y quizás todo el mundo piense eso de sus abuelos, pero el mío era de verdad un pedazo de pan. De esos que se quitan lo que tienen para darles a los demás. Por ser quizás el primer nieto nacido del primogénito, de alguna manera, quiero pensar hoy, teníamos él y yo unDSC_6463a conexión especial que nunca perdimos con los años. Ni siquiera cuando me fui de Cuba y no regresé hasta muchos años después. Mi abuelo me quería mucho. Me quería de la única manera que sabía querer; sin decir palabra alguna pero con un brillo en los ojos que expresaba mucho más. El mismo brillo que, dicen, también delato yo cuando algo me hace feliz. El mismo brillo que también ha heredado mi hija, que de a ratos se me antoja muy parecida a él por la bondad con que se proyecta ante las personas. Yo también le quería mucho, no solo por ser mi abuelo, sino por ser la gran persona que siempre fue. Entregándole todo a los suyos sin vacilar. Nilo Miguel Sixto Martinez. Ese es su nombre y hoy ya no está entre nosotros. Tenía ochenta y cuatro años. Lo recuerdo siempre bien rápido porque son casi cincuenta más que yo. En unos días iba a cumplir ochenta y cinco. Mi abuelo le tenía miedo a la muerte… mucho miedo, pero ya no importa. Hoy ya no me rio de su susto (más bien todo lo contrario) cuando me doy cuenta que ya nunca más le veré y lo mucho que lo voy a extrañar.

Nilo Miguel Sixto Martinez

26 de Septiembre 1931- 24 de Agosto 2016

Mundo de Ficción

Por Michael Sixto

businessman thinking and watching the money mark of cloud

Me despierto temprano por el cantío de los gallos queriendo hacer muchas cosas. En un segundo descubro que no hay mucho que hacer. Estoy en un sitio donde el silencio atrapa las palabras y el crear sin proponérnoslo se transforma en estar. Me cuesta acostumbrarme pero disfruto el estado de limbo en que los días transcurren sin necesidad de correr. ¿Correr a donde, correr por qué? Me cuesta entender los cómos pero pronto desisto de inventarme explicaciones. Prefiero dejar de pensar. Para suerte mía, puedo dejar de hacerlo. Yo estoy de paso y me puedo tumbar a recolectar momentos largos, que no parecen terminar. Estoy en casa. La casa, que dicen muchos, retorna en el minuto final cuando no queda tiempo. Por las razones que sea, estoy aquí y hoy, este hoy, tengo millones de razones para sonreírle a estos días que son un regalo, que son una pausa (única quizás) entre la locura que es el día a día de todos. La locura, la persecución, el ganarle la carrera al tiempo, el producir para tener, el tener para mostrar, el mostrar para sentirnos bien con nosotros mismos… no es la realidad de este sitio donde me encuentro hoy. Aquí las prioridades son otras, tal vez más básicas, más elementales, definitivamente más humanas. Me cuesta entender pero no lo intento, me siento bien en este “mundo de ficción” en el que sigo de paso, pero estoy al despertar. Muy pronto el cantío de los gallos será substituido por ruidosos cláxones de autos que se desesperan por llegar… llegar. La pausa quedará detrás y muy pronto será un recuerdo. Vivimos alimentándonos de recuerdos, unos más permanentes que otros. Este de hoy seguramente no se desvanecerá por mucho tiempo. Y por mucho tiempo intentaré no hacer cuando ya no quede opción.

I am

By Michael Sixto

myworld

Who are you? Who are you?

She asks repeatedly after humming the song

that reminds her yet to live times;

yesterday’s shadows that go unnoticed

when the city dusts off the fatigue of the busy day.

I want to answer but could not.

Its silhouette drains me out

unable to glimpse the light that accompanies it.

What would have happened if …

Who are you? Who are you?

Why do I feel I’ve known you a long time?

Why your smell sticks to the skin as if they were my own?

The night was not enough to discover these bodies

that won’t resist the temptation

while the mind gets lost between paths without any trails yet.

Who are you? Who are you?

She repeatedly ask in the very last second

before giving in when , long ago,

I ‘ve abandoned myself to madness.

“I am you, therefore you are me”

She smiles and stay quiet.

El sufrimiento

Por: Michael Sixto

Ella compraba el sufrimiento poco a poco cada mes. Los días quince para ser más exactos. El ritual comenzaba justo a las ocho de la mañana cuando sonaba la alarma del celular. Sin vestirse siquiera iba hasta la cocina y preparaba café, huev462-700x560os revueltos, tostadas de pan integral y jugo de naranja. Luego servía la mesa con el mantel del domingo y se quedaba inmóvil mirando la perfección de los cubiertos alineados a un lado del plato humeante. Acto seguido tiraba todo a la basura sin haber probado un bocado. Desnuda aun regresaba a la habitación donde se sentaba en el mismo pedazo de  suelo por una hora completa hasta que sonaba el teléfono siempre a la misma hora; 10:01 am.    “¿Estas lista?”- Sí contestaba sin titubear. El timbre de la puerta anunciaba cuarenta y cinco minutos después la presencia esperada.

  • Ya sabes donde está el dinero.
  • ¿Estas segura que quieres hacer esto?
  • Solo has lo que has venido a hacer.

El (Rhopalurus junceus) o alacrán colorado vive de tres a cinco años pero solo el 15 por ciento de ellos llega a edad adulta. De niña Ella había adquirido fascinación por los escorpiones desde el día que presenció cómo uno de ellos era destrozado por los jimaguas del noveno piso de su edificio. Veinticinco años después el embrujo solamente se había hecho mayor. Como un cirujano antes de la operación, Ella repasaba en su cabeza cada detalle del protocolo unos segundos antes de ser ejecutados por el altísimo hombre de guantes de piel negra. El cuerpo inerte reposaba sobre una especie de cama de plástico a lo largo del piso de la  sala. El alacrán caminaba despacio como explorando el terreno sobre una de sus piernas. La primera picada llegaba uno o dos minutos después cuando era casi imposible mantenerse inmóvil. Con el estómago vacío la débil dosis de veneno se sentía más potente y Ella sufría por no poder acariciar el dolor cuando los ojos se le comenzaban a cerrar por el adormecimiento. Dos horas después, cuando su cuerpo repleto de ronchas y vencido ya no era capaz de responder,  el altísimo hombre de guantes de piel negra cerraba el maletín y desaparecía por el umbral un poco más afligido que cuando había entrado.

Ella compraba el sufrimiento poco a poco cada vez y con él, también un poco más de vida.