El sufrimiento

Por: Michael Sixto

Ella compraba el sufrimiento poco a poco cada mes. Los días quince para ser más exactos. El ritual comenzaba justo a las ocho de la mañana cuando sonaba la alarma del celular. Sin vestirse siquiera iba hasta la cocina y preparaba café, huev462-700x560os revueltos, tostadas de pan integral y jugo de naranja. Luego servía la mesa con el mantel del domingo y se quedaba inmóvil mirando la perfección de los cubiertos alineados a un lado del plato humeante. Acto seguido tiraba todo a la basura sin haber probado un bocado. Desnuda aun regresaba a la habitación donde se sentaba en el mismo pedazo de  suelo por una hora completa hasta que sonaba el teléfono siempre a la misma hora; 10:01 am.    “¿Estas lista?”- Sí contestaba sin titubear. El timbre de la puerta anunciaba cuarenta y cinco minutos después la presencia esperada.

  • Ya sabes donde está el dinero.
  • ¿Estas segura que quieres hacer esto?
  • Solo has lo que has venido a hacer.

El (Rhopalurus junceus) o alacrán colorado vive de tres a cinco años pero solo el 15 por ciento de ellos llega a edad adulta. De niña Ella había adquirido fascinación por los escorpiones desde el día que presenció cómo uno de ellos era destrozado por los jimaguas del noveno piso de su edificio. Veinticinco años después el embrujo solamente se había hecho mayor. Como un cirujano antes de la operación, Ella repasaba en su cabeza cada detalle del protocolo unos segundos antes de ser ejecutados por el altísimo hombre de guantes de piel negra. El cuerpo inerte reposaba sobre una especie de cama de plástico a lo largo del piso de la  sala. El alacrán caminaba despacio como explorando el terreno sobre una de sus piernas. La primera picada llegaba uno o dos minutos después cuando era casi imposible mantenerse inmóvil. Con el estómago vacío la débil dosis de veneno se sentía más potente y Ella sufría por no poder acariciar el dolor cuando los ojos se le comenzaban a cerrar por el adormecimiento. Dos horas después, cuando su cuerpo repleto de ronchas y vencido ya no era capaz de responder,  el altísimo hombre de guantes de piel negra cerraba el maletín y desaparecía por el umbral un poco más afligido que cuando había entrado.

Ella compraba el sufrimiento poco a poco cada vez y con él, también un poco más de vida.

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