Vacaciones de fin de año

[…] Recuerda la camisita planchada, el poquito de perfume de ponerse solo los domingos, los

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zapatos de suela ya gastada pero limpios y lustrosos; recuerda el rostro de su abuelo y recuerda el mar.

Y es que esa suerte de isleño se lleva rara por dentro en días de lluvia y frío cuando a nadie se le ocurriría ir a la playa. “A mí no me gusta la playa, me gusta el mar” decía siempre antes de despedirse el día antes de salir de vacaciones de fin de año y sus amigos de la escuela lo miraban como a un bicho raro. “… Por eso mi abuelo me lleva en diciembre.” Y ahí aparecían ansiosos, como a la espera, la camisita de rayas azules que tanto le gustaba, los pantalones de corduroy marrón y los zapatos de suela gastada, pero inmaculadamente limpios y brillosos, perfectamente alineados sobre la cama. Una hora después emergía el anciano de semblante caído pero ojos nobles y alegres y le preguntaba si estaba listo. “Desde que amaneció” contestaba él y salían tomados de la mano a la parada a esperar la guagua. El viaje tardaba más de dos horas y como tres cambios de autobuses, pero él disfrutaba cada segundo mirando siempre por las ventanillas abiertas. El aire ya había dejado de ser pegajoso y húmedo hacía semanas y se recibía en el rostro con ganas atrasadas. El olor a salitre inundaba todo y el gris verdoso del mar medio perdido aun en el horizonte crecía a medida que se iban imbuyendo arena adentro. Tomados de la mano aún, se sentaban abuelo y nieto a ver las olas romper arrastrando marchitas algas marinas. Y la playa se iba trasformando, solo para ellos… en mar.